Crónica de viaje
Relato de un domingo entre puestos, colores y conversaciones
Publicado el 12 de marzo de 2025 · Lectura de 8 minutos
El mercado de Tlacolula es un punto de encuentro donde viajeros y locales comparten el mismo espacio desde hace siglos. Llegué antes de que el sol calentara los pasillos, cuando los puestos apenas comenzaban a montarse y el olor a copal se mezclaba con el de las flores recién cortadas.
Un domingo cualquiera, este mercado del Valle de Oaxaca reúne a comunidades enteras que bajan de las montañas para vender, comprar y conversar. No es un espectáculo montado para visitantes; es un ritual semanal que sostiene la economía de la región. Los pasillos se llenan de canastas de jícara, hierbas medicinales, quesillos envueltos en hojas de plátano y el ruido constante de las negociaciones.
Doña Carmen lleva treinta años con su puesto de chapulines al fondo del pasillo de abarrotes. Mientras me servía una porción pequeña para probar, me contó que su madre vendía en el mismo lugar desde antes de que el mercado tuviera techo. "El viajero pregunta mucho, pero pocos se quedan a escuchar", dijo, mientras ajustaba el precio de un costal de maíz para una señora de San Marcos Tlapazola.
Su historia es la de muchas familias del valle: migración temporal a los campos de California, regreso para las fiestas del pueblo, y el mercado como el punto fijo que mantiene la identidad. "Aquí no necesitas hablar de lejos", me explicó. "El puesto es la casa de todos".
En el área de artesanías, encontré a Don Efraín puliendo una pieza de barro negro con una piedra de río. Trabaja en San Bartolo Coyotepec y viene a Tlacolula cada domingo desde hace veinte años. Me mostró el proceso: el barro se cuece a baja temperatura, luego se bruñe con cuarzo hasta lograr ese brillo característico que distingue a su pueblo.
"La gente cree que el barro negro es fácil porque se ve bonito", comentó. "Pero una pieza mal hecha se rompe en el primer uso. El oficio es paciencia". Me explicó que el mercado le permite vender directamente, sin intermediarios, y que eso cambia todo: el precio, la relación con quien compra y el orgullo del trabajo bien hecho.
Cerca del mediodía, un grupo de músicos se instaló junto a la entrada principal. Tocaban chilenas con guitarra, violín y un bajo de caja. No había escenario ni amplificador; solo el espacio entre dos puestos de sombreros. La gente se detenía un momento, algunos cantaban, otros seguían su camino con el ritmo en los pies.
Uno de los músicos, joven, de unos veinticinco años, me contó que aprendió a tocar con su abuelo en Villa Hidalgo. "La música del valle no se aprende en escuela", dijo. "Se aprende en las fiestas, escuchando, equivocándose". Para él, el mercado es el mejor escenario porque ahí está la gente que realmente conoce las canciones.
El mercado de Tlacolula no necesita que lo descubran; ya tiene su propia vida. Lo que sí necesita es viajeros que entiendan su lógica. Algunas recomendaciones prácticas que aprendí en esta visita:
El mercado de Tlacolula me dejó una lección simple: el viaje no se trata de ver lugares, sino de cruzar conversaciones. Cada puesto es una puerta a una historia que no aparece en las guías. Y el viajero que se queda a escuchar, aunque sea por un momento, se lleva algo que ningún souvenir puede reemplazar.
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Sobre el autor
Cronista de viaje y editor de Más Allá de la Distancia
Durante los últimos ocho años he recorrido las carreteras secundarias de México, desde los valles de Oaxaca hasta la sierra de Durango. Escribo sobre los pueblos que se quedan en la memoria, los artesanos que abren sus talleres al viajero y las rutas que no aparecen en los mapas turísticos. Mi trabajo combina la narrativa de viaje con notas prácticas para quienes prefieren moverse despacio, con mochila ligera y sin itinerario rígido.
He colaborado con publicaciones independientes de turismo rural y he impartido talleres de escritura de viaje en varias ciudades del país. Creo que el buen relato de viaje no describe lugares, sino encuentros: con personas, con paisajes y con uno mismo.