Crónica de viaje · Oaxaca
Una caminata matinal por senderos que bordean acantilados petrificados
Publicado el 12 de marzo de 2025 · Lectura de 8 minutos
Las fotos que circulan en redes muestran las pozas turquesas y las formaciones blancas desde un ángulo perfecto, casi irreal. Pero llegar a Hierve el Agua caminando desde San Lorenzo Albarradas es otra historia. Es una historia de polvo en los zapatos, de silencio entre los matorrales y de un amanecer que tiñe las montañas de ocre antes de que lleguen los primeros autobuses.
Salimos a las seis de la mañana, cuando el pueblo todavía dormía. El sendero sube suave al principio, bordeando parcelas de maíz y pequeños corrales de cabras. A los veinte minutos, el camino se vuelve más angosto y las piedras sueltas obligan a mirar al suelo. Es ahí donde uno empieza a notar lo que las fotografías no muestran: el olor de la tierra húmeda, el canto de un pájaro que no logramos identificar y la ausencia total de ruido de motor.
A mitad del trayecto nos cruzamos con una pareja de franceses que llevaban mapas impresos y una guía desactualizada. Caminamos juntos un tramo, compartiendo agua y comentarios sobre el paisaje. Ella era geóloga y explicaba, con una mezcla de entusiasmo y precisión, cómo se formaron esos acantilados petrificados hace miles de años. Su explicación no sonaba a clase magistral, sino a alguien que realmente ama lo que estudia.
Más adelante, un grupo de estudiantes de la Ciudad de México descansaba bajo un árbol de guamúchil. Llevaban una bocina portátil, pero la apagaron al vernos llegar. Uno de ellos comentó que el silencio del lugar lo hacía sentir incómodo al principio, hasta que entendió que ese vacío sonoro era parte del paisaje. Me quedé pensando en eso durante el resto de la caminata.
El sendero completo toma alrededor de dos horas y media a paso tranquilo, con una altitud que ronda los 1,800 metros. No es una caminata difícil, pero el sol de media mañana puede volverse implacable. Llegamos a las formaciones poco después de las nueve, cuando apenas comenzaban a llegar los primeros vehículos. Tuvimos el lugar casi para nosotros durante una hora.
Esa hora valió todo el esfuerzo. El agua de las pozas reflejaba el cielo de una manera que ninguna fotografía puede capturar del todo, porque la fotografía no transmite la temperatura del aire ni el sonido del viento entre las grietas. Nos sentamos en una roca plana y simplemente miramos el valle. Nadie hablaba. No hacía falta.
Sigue leyendo sobre rutas y encuentros en México.
Editora y cronista de viaje
Desde 2016 recorro carreteras secundarias de México documentando encuentros con artesanos, cocineras tradicionales y comunidades rurales.
Sobre la autora
Antes de cada travesía, quienes se animan a escribirme suelen hacer las mismas preguntas: ¿cuánto tiempo necesito para un pueblo como Santa Catarina Minas? ¿Es seguro viajar sola por esas carreteras? ¿Qué hago si no hablo la variante local del español?
No tengo respuestas universales, pero sí un archivo de experiencias. He caminado los senderos de Hierve el Agua al amanecer, he compartido mesa con familias que destilan mezcal y he aprendido que el viaje lento cambia la forma de mirar el paisaje.
En esta publicación escribo crónicas que combinan la narrativa con datos útiles: tiempos de caminata, dónde dormir sin lujos, qué comer en el mercado y cómo acercarse a las personas sin convertirlas en espectáculo.