Crónica de viaje · Ruta Oaxaca–Puebla
Crónica de una carretera secundaria entre Oaxaca y Puebla
Publicado el 12 de marzo · Lectura de 8 minutos
Salimos de Oaxaca antes del amanecer, con el termo de café todavía caliente y una libreta vacía en la guantera. La idea no era llegar rápido a Puebla, sino tomar la carretera que bordea los valles y detenernos en cada pueblo donde el humo de los palenques anuncia que alguien sigue destilando como hace tres generaciones.
El primer alto fue en Santiago Matatlán, un pueblo que vive del agave desde antes de que el mezcal se pusiera de moda. Don Efraín nos recibió en su palenque con una sonrisa cansada y un vaso de agua de jamaica. Mientras revolvía la masa de agave cocido, explicó que el secreto no está en la receta sino en el tiempo: "La piña necesita sus años, el horno sus horas y la paciencia no se puede apurar".
Entre Matatlán y Santa Catarina Minas, la carretera se vuelve terracería. Los magueyes se alinean en los cerros como soldados quietos, cada uno con su historia de crecimiento lento. Aquí no hay prisa: los camiones cargados de leña avanzan despacio y los perros duermen a la sombra de los mezquites. Es un paisaje árido y dorado que, visto con atención, cambia cada pocos kilómetros.
En Minas, la familia Hernández nos invitó a probar un mezcal de pechuga que llevaba reposando tres meses. El sabor era distinto a todo lo que habíamos probado antes: más suave, con un fondo herbal que recordaba al campo después de la lluvia. La conversación giró alrededor del trabajo manual, de los hornos de piedra y de cómo cada productor defiende su método como quien defiende un apellido.
Si decides recorrer esta ruta, ten en cuenta algunas cosas que aprendimos en el camino:
La ruta completa, sin prisa, toma dos días. El primer día se va de Oaxaca a Matatlán y se duerme en el pueblo. El segundo día se cruza hacia Minas y se continúa hacia Puebla por la carretera libre, que serpentea entre cerros y pequeños ranchos donde el tiempo parece moverse a otra velocidad.
Lo que queda después del viaje no es solo el recuerdo del sabor del mezcal, sino la certeza de que hay lugares donde el trabajo manual sigue siendo una forma de conversar con la tierra. Y eso, en un mundo que corre, vale más que cualquier kilómetro recorrido.
Cronista de viaje y editor
Doce años recorriendo carreteras secundarias de México. Escribo sobre pueblos, artesanos y caminos que no aparecen en las guías convencionales.
Sobre el autor
Crónica de una carretera secundaria entre Oaxaca y Puebla
Rodrigo Aguilar escribe desde hace más de una década sobre los trayectos que unen a las personas con los lugares. Su trabajo ha aparecido en revistas de narrativa de viaje y publicaciones independientes dedicadas al turismo rural. Antes de dedicarse por completo a la escritura, trabajó como guía de mochileros en la Sierra Norte de Puebla, experiencia que marcó su manera de entender el desplazamiento.
En esta crónica, el autor recorre la ruta que une los pueblos de Santiago Matatlán y Santa Catarina Minas, deteniéndose en cada palenque para conversar con los productores. El texto describe el paisaje árido y dorado, el olor a agave cocido y la paciencia de quienes destilan por tradición. Más que una guía, es una reflexión sobre el tiempo y el trabajo manual, con consejos prácticos para quien quiera hacer el viaje sin prisa.
Sus notas sobre gastronomía regional y hospedaje sencillo aparecen en cada entrega, siempre con el mismo criterio: el viaje se cuenta desde adentro, no desde la ventanilla de un autobús turístico.